Literatura- «Despedida»- (Cuento)

Promediaba la mañana de ese jueves de Abril, dócil e impoluta, que se abría sincera y límpida ante mis cansados ojos, sin nubes que opacaran el celeste firmamento y con unos rayos de sol que, aunque tenues, ayudaban a entibiar mi cuerpo con ayuda de la mañanita tejida en épocas pasadas.
Volvía del velatorio, sola, caminando… había rechazado todo tipo de ayuda o compañía perecedera para volver a mi casa y no quería más sustento a mi pesar que la que me brindaba mi marchito cuerpo de ochenta y un primaveras, ni amparo mayor al que mi humilde hogar me brindaba.
Estaba, en síntesis, sola en este mundo; pero ya no toleraba mas la vacía frase: -“la acompaño en el sentimiento” que ninguna compañía ofrecía ya a mi marchito corazón. Deslice el pasador, abrí el portoncito de alambre tejido, el “manchita” vino a mi encuentro meneando pausadamente la cola, cabizbajo, triste como yo y como sabiendo, le acaricie un poquito al cabeza al pasar y le dí doble vuelta a la llave de la puerta descascarada. La ventana que daba al frente, abierta -nada haría ver que disminuía mi espíritu- pava al fuego y unos mates, sentada en la silla de mimbre, al calor de la salamandra, como para meditar ese desconcierto que, a veces, es la vida…
Un rayo de sol se filtraba por el ventiluz lateral de la cocina, rectilíneo, y de a poco, entre las partículas elementales del haz de luz que formaban el espectro visible, se fue formando una figura… de forma humana…una silueta… una idea espectral… divina…
Me ajuste mis anteojos para ver de cerca y, frunciendo el ceño, hasta donde me dejaban ver mis cataratas, fui descubriendo, entre el asombro y el miedo, lo que las partículas iban formando, ya en general y sobre lo común, ya sobre el particular delineando una fisonomía, y de repente…. Mario… incorpóreo, intangible, sobre una idea metafísica pero no alejada de mí… en un margen celestial y etéreo, se me presentaba como un fantasma…
Atine, titubeante, después de unos minutos de estupor y temblando, a ofrecerle un mate, como todas las mañanas ocurría, y volviendo su vista de la nada, a la cual siempre apuntaba su rostro como perdido en meditaciones, me devolvió una sonrisa y acepto gustoso el amargo primigenio. Lo sorbió pausadamente, como de costumbre, y ahí lo reconocí… una lagrima debió de rodar en mi mejilla porque vi acercar su mano, fría ya, hacia mi rostro, y, como diciéndome: -“Tranquila negrita… no pasa nada…la cosa es así… ¿qué le vamos a hacer?…”, interpreté su mirada, o lo que parecía ser… y empecé a hablarle…
Le comenté de los malvones y de la helada; me los había dejado mustios ya, era tiempo del crisantemo. Hablamos del almacenero inescrupuloso, pero lo consentimos en que la cosa estaba brava también para él y que debía alimentar a tres hijos. De la mancha de humedad que ya amenazaba nuestra pieza matrimonial puesto que el revoque mostraba una hinchazón prominente. De enfermedades y malestares (como todos los viejos hacen), de los nietos, de las hijas, de los yernos… y, casi sonriendo y en gracia, de los últimos difuntos.
De repente, como se lo permitiera su encorvada figura, se puso de pie, ayudándose tomando el respaldo de la silla y con una mueca de dolor, entrecerrando sus ojos…
-¿Te ayudo? –le dije- y, negando con un movimiento rítmico en su mano derecha, se estimulo casi con su temple, a apurar sus pasos. Reparé en sus chancletas a cuadrillé, deshilachadas ya, y no volví a derramar lagrimas aunque me estrujara el cuello un nudo, pero que ganas tenía de hacerlo.
Serio me invitó a salir al patio, y aunque el aire estaba fresco, volví a colocarme sobre los hombros la abandonada mañanita tejida al crochet y fui saliendo tras sus pasos, con los míos, también arrastrados, como el tiempo…
La charla continuó sobre tiempos y temas banales, pero luego de unos instantes, cuando parece que ni la brisa tenue tiende a enfriar el clima, me miro a los ojos y tomando mis arrugadas manos, frotándolas al tiempo con las suyas, inició la confesión con una palabra…
-“GRACIAS”
Esta vez, ambos dejamos rodar en nuestras arrugadas y sepias mejillas sendas lágrimas… Prosiguió:
-“Gracias negrita por acompañarme en esta aventura singular y hermosa que es la vida… no se ponga triste… yo no lo estoy… mire lo que le digo, tal vez sea lo mejor dejar de sufrir dolores y achaques e irse, este cuerpo ya no me daba más… si ni la quinta podía “puntiar” ya, la azada y la pala ancha me resultaban cada vez mas jodidas, y cuando el hombre no sirve ni para sembrar la tierra…”
-“Quédese usted acá, disfrute de esos nietos y no se me esfuerce tanto, que solito el padrecito sabrá cuando acercármela de nuevo, como en aquella primavera en el rosedal…”
La risa nos brotó como dos adolescentes en flor, cómplices de nuestras mocedades y picardías, y cuando se fue apagando la misma nuevamente fijo su mirada y revalidó:
-“Hágame caso, disfrute lo que le queda y tome nota… después me cuenta que vivencias arrastra este mundo loco tras mi ausencia… y que fue de nuestras hijas y nuestros nietos, ¿sabe?”
El tiempo, que no sabemos aún su fluye regularmente o no, a veces parece ponerse en pausa… y en uno de esos instantes, toda nuestra vida en recuerdos pasa delante nuestro… y no podemos más que añorarla… en eso estaban nuestras vistas cuando nos fundimos en un último beso, ese que nos quedaba pendiente… y se fue… desvaneciéndose… entre la esencia del limonero y las gélidas rosas de aquella mañana…


El Oficial Arreteguy terminaba de imprimir y me acercaba el documento judicial. Antes de firmarlo, fregándome las últimas y lacónicas lagrimas, doblaba parsimoniosamente las dos hojas de cuaderno de letra cursiva y trémula, en otrora una hermosa caligrafía, que me había dado instantes antes.
-¿Estas dos son las únicas que encontraron? –pregunté. –“Si señora” –devolvió Arreteguy sin dudarlo. Y agregó: -“Es toda la prueba escrita documental que había en la casa”
Tomé la lapicera y, como me salió, estampé una rúbrica rabiosa, como el destino, en esa hoja que rezaba: “Acta de Entrega de Cadáver a Deudos”, devolviéndosela al instante.
Miró el agente hacia la pared y apuró severa e insensiblemente una sentencia aún no probada por las pericias:
-“Suicidio, señora, no caben dudas…no había nada forzado ni faltó nada en la casa, la autopsia develará que tomó algo o se excedió con los antidepresivos…suicidio, sin lugar a dudas”
-“Tristeza, Oficial” –repliqué- -“… Mi mamá murió de tristeza

Autor: Cristian Theaux

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