Editorial: El tránsito nuestro de cada día

Imaginemos una ciudad en el que cientos de los habitantes mueren absurdamente cada año. Agreguemos muchos parapléjicos, lisiados y discapacitados múltiples, postrados para toda la vida. Si en medio de la tragedia aún queda en nosotros alguna capacidad de asombro, pensemos que se trata de una realidad que se repite a sí misma, idéntica, en los últimos años.

Pues bien: ahí tenemos, con toda su crudeza, la dramática realidad del tránsito.

Sin embargo, como no está nada bien eso de consentir el horror, todo esfuerzo por modificar el panorama es un deber impostergable. Modestamente, a eso están dirgidas estas líneas. ¿Qué hacer, entonces? Aunque más no sea, por aplicación del principio de no dañar a otro, tomado de los orígenes del derecho, la prioridad debe estar puesta en la protección de la integridad física y patrimonial de los terceros inocentes, víctimas en cada siniestro de tránsito.

En esa línea de pensamiento, es necesario sancionar con la mayor decisión las actitudes de desprecio por la vida y los bienes ajenos.

Los senderos parecen bifurcarse entre el control y la sanción y la educación. Sin embargo, ambos importan y no se excluyen.

Es claro que las multas resultan inequitativas, puesto que es virtualmente imposible saber a priori la capacidad económica de cada infractor. Así, una suma prohibitiva para algunos será ínfima para otros, etcétera.

Por eso es que se debería ir avanzando hacia penas más equitativas, que produjeran un efecto similar en todas las personas. A manera de ejemplos: 1) retiros parciales o totales de la licencia de conducir; 2) realización de cursos de capacitación y tareas comunitarias vinculadas con la problemática; 3) dificultades adicionales para el infractor en el momento de renovar su licencia (costos, exámenes, etc.); 4) compartir la información de los infractores con las aseguradoras para que el costo de los seguros sea sustancialmente diferente según se trate de un buen o de un mal conductor; 5) prohibición de salida del país; 6) secuestro de vehículos y decomiso de los elementos antirreglamentarios; 7) pago, por parte del responsable, de los daños a bienes de la comunidad (semáforos, señales de tránsito, refugios de transporte).

Ante la evidente ignorancia de la ley de tránsito, sería conveniente realizar una instrucción sistemática y eficaz de unas pocas nociones básicas, sumamente trascendentes para el resultado buscado:

1) La prioridad del conductor que avanza desde la derecha en una intersección de calles no semaforizada es absoluta respecto del vehículo que viene desde la izquierda.

2) La prioridad del peatón que atraviesa la calzada por la senda peatonal (demarcada o imaginaria) es absoluta con relación al tránsito vehicular.

3) El conductor debe anunciar en todo tiempo, día y noche, con antelación necesaria (aproximadamente 50 metros en calles y 100 metros en avenidas) la maniobra por realizar mediante la utilización de la luz de giro, balizas, etc.

4) Se deben respetar estrictamente las velocidades permitidas y conducir con toda la atención puesta en el tránsito realizando “manejo defensivo” .

En principio, alcanzaría con grabar a fuego en los conductores aunque más no fuera únicamente estas modestas cuatro nociones básicas para comenzar a mejorar el tránsito ciudadano.

Finalmente, siempre será necesario tener en cuenta la imposibilidad fáctica de alcanzar un hipotético “control ideal” sobre todos los infractores al sancionar cada una de las faltas. Ciertamente, no es posible tener un agente de tránsito en cada esquina. Ahora bien, aunque esto es así, el derecho penal enseña las virtudes de la disuasión: el temor a la sanción ordena las conductas conforme a la norma.

En definitiva: es posible que todos los esfuerzos deban inducir una convicción generalizada: “Tener un siniestro en el tránsito va a ser muy costoso para mí”. Más allá de la valoración que cada cual sienta por la vida propia y por las de sus seres queridos, la transgresión significará afrontar consecuencias tan gravosas que lleven a la persona a reflexionar serenamente y, consecuentemente, a desistir de esas conductas.

Es posible que transitando estos caminos –y seguramente otros, que cada lector pueda imaginar– lleguemos a remediar este flagelo. En ello, literalmente, nos va la vida.

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