EPÍLOGO DE LA ESPERANZA Por Julio Canú

 

Esta crónica la escribí hace un tiempo cuando no eran los tiempos de pandemia, el sol de invierno apenas calentó mis manos gélidas. El pueblo salía de su habitual siesta invernal, ese día la historia, el rito, la fe, la cultura y la historia se unían en el flujo del espacio tiempo y los relojes parecían detenerse. Ese día los que tropezamos con la misma piedra también nos acercamos al templo. No por feligresía en mi caso, pero hay algo que los 16 de Julio en mi pueblo te llama, serán tal vez aquellas tardes de la mano con la abuela para ver a la virgen, el chocolate caliente en la plaza o el desfile de los gauchos para ese momento especial, de los cuales mi padre participó tantas veces.
Sale la virgen y siento la devoción del momento. Me pregunto: ¿Cuando tratamos mal a alguien seguimos pensando en esa virgen?

¿Cuando nuestros egoísmos nos gobiernan pensamos en la Virgen?

Los pensamientos me llevan hasta la Plaza y ahí veo una imagen que queda en mi recuerdo:

Mientras la virgen del Carmen transitaba su camino hacia el templo, un anciano la saludaba con su pañuelo blanco arrugado entre su mano. Arrugado por la fuerza del amor y la despedida; De algo que se va, pero que lo hizo feliz al menos unos instantes; En ese saludo vuelan las penas, las heridas abiertas, lo que no fue, lo nunca será. Este cronista se quedó observando al anciano que blandía su pañuelo en el aire como buscando entre las nubes y la efigie que se perdía en el templo, buscando tal vez esa esperanza perdida que lo mantiene vivo aún, luchando en el día a día, aferrado con fuerza a ese manto de fe que no tiene explicación alguna, solo la de creer en él.

Julio González Canú

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