CULTURA DEL TRABAJO Y REVOLUCIÓN VERDE Escribe Mario Elgue

 

Las posibles salidas productivas de la pandemia han despertado debates sobre la cultura rentística y sobre cómo revitalizar una genuina cultura de la producción y del trabajo.

¿PROMOCIÓN O DESPILFARRO?

Quizás ello se vincule a que, durante muchos años, las políticas públicas no habían necesitado discernir qué proporción contenían de promoción y cuanto de despilfarro. Se trataba de una utilización extensiva de los recursos, originada en la holgura fiscal que entró en el cono de sombra en los años ochenta.

AQUELLA RACIONALIDAD RENTISTA

Haciendo pie en la renta agropecuaria diferencial, se había gestado una “racionalidad” no prevista en las teorías convencionales. De alguna manera, los actores no vinculaban el acceso a un bien o a un servicio como contrapartida de un esfuerzo o de una contribución pecuniaria: lo consideraban un derecho por su pertenencia a la sociedad. El gasto público se afrontaba sin una seria administración fiscal. El Estado no se preocupaba por obtener recursos. En general, se ocupaba de distribuirlos o asignarlos.

LA REVOLUCIÓN VERDE

En lo que respecta al agro, hoy no se lo puede equiparar con las explotaciones extensivas de aquellos grandes propietarios territoriales de conducta ausentista y rentística, que detentaron la hegemonía en la etapa agro-exportadora (1860-1930). Las divisiones sucesorias y el complejo agroalimentario integrado expresan hoy una vigorosa revolución tecnológica e informática de semillas transgénicas, nuevos fertilizantes y herbicidas, molienda de granos, biodiesel y a prácticas agronómicas como la siembra directa, como así también avances significativos hacia la trazabilidad de los alimentos.

De la mano de esta tecnificación del campo –y de jóvenes técnicos y profesionales, en gran parte hijos de productores- también se ha modificado la cadena de agregación de valor de toda la actividad. Una muestra son iniciativas como las de Aapresid que no sólo impulsan las buenas prácticas sino además programas de vanguardia como el de agricultura certificada.

INTEGRACIÓN Y VALOR AGREGADO

El campo –que, en algunos ámbitos, era considerado el sector más conservador- aplica primero estas innovaciones, basado en los esquemas cooperativos que estas entidades siempre habían utilizado en su accionar. Si las primeras cooperativas agroalimentarias habían prosperado doctrinariamente para lograr economías de escala, (compartiendo, básicamente, plantas de acopio y provisión de insumos) ahora -además de las cooperativas, que mantienen su importante papel- este nuevo asociativismo incorpora al productor como socio inversionista o como proveedor de una empresa en red. Se estiman que, en el campo, operan unas 100.000 pymes que expresan a una nueva burguesía nacional. Ellas cuentan hoy con más posibilidades de internacionalizarse y difundir parte de sus innovaciones en el resto de los sectores productivos.

Producir y exportar alimentos no es ya un síntoma del subdesarrollo o de la dependencia, como otrora se decía ámbitos cepalianos. En todo caso, puede serlo si sólo se apuesta a exportar productos primarios, sin agregar valor en una parte de la cadena o si no se comprende la relevancia de rearmar los tejidos institucionales y sociales y que las industrias no son solamente las agroindustrias sino que abarcan al conjunto de las actividades: la microelectrónica, los bienes de capital, la industria química compleja y todas aquellas que definen áreas básicas y estratégicas.

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